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Madera de bailarina - por Ana RodaR.
El verano estaba siendo más sofocante de lo habitual y todo el mundo buscaba refugio en los pocos espacios sombríos y frescos que se podían encontrar en la pequeña ciudad.
Uno de esos reductos era la carpintería de Gerardo, de gruesos muros y estrechos ventanucos. Pero la fama de huraño del viejo carpintero no incitaba a procurarse allí alivio.
Gerardo Pérez Torralba no podía hacerse idea de cómo sería pasar los veranos en otros lugares ya que el viejo caserón, lleno de serrín, maderas y herramientas, había sido su patio de recreo cuando era niño y, ya de mozo, la escuela donde se había iniciado como aprendiz junto a su padre.
Después, la espalda recta y fuerte de los primeros años en el taller se había ido poco a poco encorvando, al ritmo monótono de la percusión de sus gubias y formones. Y al fallecer sus padres, Gerardo era un hombre envejecido, encerrado en una soledad recalcitrante, que despertaba la compasión de sus vecinos adultos y la burla de los más pequeños.
Ya esperaba pocas alegrías de la vida cuando apareció, como una boya en medio del océano, la bella y grácil Pilar. Desde ese momento, tanto la carpintería como la existencia de Gerardo se iluminaron como nunca lo habían estado en todos aquellos años.
Pilar Noriega Chacón era la compañera perfecta para Gerardo. Su carácter era apacible y se mostraba siempre dispuesta a escuchar, con gesto arrobado, sin interrumpir jamás. Tenía además una abundante melena que Gerardo le peinaba, con mucha delicadeza, haciéndole unas preciosas trenzas que se movían graciosamente cuando ella bailaba.
Lo que más temía Gerardo era que tanta placidez y felicidad se vieran truncadas por algún contratiempo. Y ese temor se hizo carne aquel terrible verano que traspasó incluso las paredes, hasta entonces herméticas, de la casa y taller, llenándolo todo de un calor pegajoso que a las personas les dificultaba la respiración y a la madera le reventaba los nudos.
A Pilar no le sentaba nada bien tanta humedad y se estaba quedando desmadejada y apática. Gerardo empezó a preocuparse y le preparó una cómoda cama en el sótano para que estuviera más fresquita. Sin embargo, el ánimo de su compañera no remontaba y tuvo que tomar una determinación. No iba a llamar a ningún médico. Nadie la conocía mejor que él. Estaba hecha a su imagen y semejanza y solo él sería capaz de insuflarle ese hálito de vida que parecía faltarle.
Estuvo trabajando varios días en los preparativos para la recuperación y llegó a emocionarse hasta las lágrimas cuando consiguió que Pilar levantara ligeramente los brazos como si fuese a echarse a bailar, igual que en las tardes más felices. Pero fue una ilusión efímera.
Así se sucedieron diversas veladas en las que los complicados experimentos fueron fracasando uno tras otro.
Una de aquellas noches le invadió la excitación ante el inminente éxito de sus manejos.
Lo había dispuesto todo con gran minuciosidad, empleando sus mejores artes de carpintero para que Pilar recuperara el movimiento. Pero cuanto mayor era la esperanza, más grande se preveía el dolor del fracaso. Y esa madrugada sus gritos desesperados subieron desde el sótano.
Había tensado tanto el artefacto destinado a recuperar el movimiento de Pilar, que lo único que consiguió fue que las maderas se desensamblaran, dejando el cuerpo de su compañera reducido a unos trozos de madera inertes, algunos trapos, pelos trenzados y los hilos que la habían hecho bailar, con tanta gracia, en numerosas ocasiones.
Comentarios (18):
J. C: Hidalgo
19/11/2018 a las 08:55
Muy buen relato.
Bien redactado, fluido y con buen ritmo.
La historia es bonita y emotiva.
Luna Paniagua
19/11/2018 a las 15:58
Oh, qué bonito, y qué pena, también, sobre todo al final que se siente tanto de repente la soledad de Gerardo. A mí me ha sorprendido, no lo vi final, le has dado una buena vuelta para terminar por todo lo alto.
Un saludo,
Luna
Ana Roda
19/11/2018 a las 17:26
Gracias por vuestras generosas opiniones.
Seguimos leyéndonos en enero.
Menta
19/11/2018 a las 18:59
Buenas tardes Ana Roda:
Me ha gustado mucho tu relato, el tema del amor, la ambientación, el ritmo y el final esperado.
Te felicito. Un saludo. Menta
Ana Roda
19/11/2018 a las 22:51
Muchas gracias por tu comentario, Menta.
Hasta la próxima.
Lucy J.S
19/11/2018 a las 23:14
Ana, primero gracias por tu comentario y segundo que buen relato, se desarrolla con fluidez y se siente el dolor de gerardo de forma profunda. Debo decir que el final no me lo esperaba, un gran giro. Sigue así, saludos!!
Ana Roda
20/11/2018 a las 09:17
Muchas gracias, Lucy J.S.
Nos seguimos leyendo en enero.
El Apuntador Mudo
20/11/2018 a las 20:13
Hola Ana Roda, me ha tocado comentar tu relato y con gusto lo hago.
Me ha gustado el relato, lo primero de todo la ambientación y como a través de ella describes y das forma al protagonista. Por un momento disfrute de olvidados recuerdos de mis visitas infantiles a alguna carpintería de mi pueblo.
Por otro lado, esa pincelada de humanidad que das a la muñeca cuando aparece en la vida de Gerardo, consigue darle alas y un soplo vital que nos atrapa casi hasta el final.
La conclusión me ha dejado un regusto agridulce, de alguna manera percibo en el relato una pequeña metáfora, sobre la dañinas relaciones de algunas personas hacia los seres que aman, que se producen con más o menos frecuencia. Pero tan solo es una impresión muy personal.
Reitero, me ha gustado el relato por la forma y por el fondo.
Nos seguimos leyendo.
Saludos.
Ana Roda
20/11/2018 a las 20:36
Muchas gracias por tu comentario, Apuntador Mudo.
En cuanto pueda paso a visitarte.
Y en enero nos volvemos a leer.
Rosanna
21/11/2018 a las 09:17
Hola Ana.
Darte las gracias por comentar mi relato.
Tu historia me ha gustado. Está bien redactada y su lectura es entretenida; me ha recordado a Gepetto y Pinocho.
Nos seguimos leyendo.
Un saludo.
Estel Vórima
21/11/2018 a las 14:12
En mi cabeza Gerardo ha sido una mezcla entre Geppeto y el abuelo de Heidi jajaja.
Un bonito y entrañable relato.Enseña como hasta quienes aman y buscan la soledad, también necesitan su dosis de compañía.
Ana Roda
21/11/2018 a las 15:37
Gracias, Rosanna y Estel Vorima.
Efectivamente era un guiño a Geppeto y Pinocho.
De hecho me permití una pequeña travesura con sus nombres:
GE-rardo PE-rez TO-rralba y
PI-lar No-riega CHA-con
Nos volvemos a leer en enero. Gracias por vuestros comentarios.
jose maria
21/11/2018 a las 15:37
Hola Ana, buen relato y tema tan triste como la soledad afecta a las personas. Felices fiestas y espero leerte más mi relato es el 65
Laura
22/11/2018 a las 11:03
Hola Ana.
Hermoso relato, no me lo veìa venir para nada.
Mira tú lo de los nombres. A mì me habìa llamado algo la atenciòn tanto detalle en ellos, pero no se me hubiera ocurrido eso.
Mis felicitaciones.
Hasta la pròxima propuesta.
M. S.
28/11/2018 a las 18:42
Hola Ana,
Bonito relato. Me ha recordado a Pinocho. Buena redacción y ritmo.
Estoy en el #57 por si te apetece leer.
Saludos,
M. S.
beba
02/12/2018 a las 03:17
Bonito relato. Como te han dicho, recuerda a Pinocho, pero gana en originalidad por lo sorprendente del giro; cuando hablaste de que la peinaba, la trenzaba, y de que lo escuchaba impasible, se me ocurrió una persona discapacitada. Preciosa la idea de la muñeca. Y excelente manejo del lenguaje.
Este mes se me pasó la fecha de envío. Si quieres leerme, esta es la dirección: https://ahorayodigo.blogspot.com/2018/11/radioteatro-noctambulo.html
Ana Roda
03/12/2018 a las 17:26
Muchas gracias M. S. y beba por vuestros comentarios.
Ahora paso encantada a leeros.
Nats
11/12/2018 a las 15:39
Ana gracias por pasar por mi relato… Debo decir que el lenguaje de tu relato me pareció exquisito, me encanto la resolución y cómo tejiste toda la situación de este solitario carpintero. Felicitaciones! Nos seguimos leyendo