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Compañía singular - por Carmen Ramarama
La madre de María Emilia insistía en que la niña no comentara, cada vez que tenía oportunidad, que su jueguito de té se movía en las noches. Claro, hay mucha gente mayor que no comprende las fantasías infantiles. Así fue que dejó de hablar de ese asunto en público, pero seguía en su casa cuestionando aquella situación para ella, tan mágica. Su mamá cambiaba el curso de la conversación, o la enviaba a hacer alguna cosa desvinculada del tema, para ver si se olvidaba aunque fuera por un momento. Para Emilia se había transformado en una obsesión y la apenaba que su madre le restara importancia.
Se refugiaba en el sótano, era su espacio preferido. Tenía una mesa pequeña con sus sillas, en ella colocaba el ordenador de juguete, para simular que era una secretaria muy ocupada como su mamá. Cuando iba Sara, su vecina, se convertían en diseñadoras y se disfrazaban, y hacían desfiles para describir las ropas que llevaban puestas. A la ceremonia de tomar el té, la compartía con su amiga invisible, a quien llamaba Lucía. Al terminar ese momento, los juguetes volvían a su lugar hasta el día siguiente. Era entonces cuando encontraba sobre la mesa, las tacitas y tetera que ella había guardado en su caja la noche anterior.
Como su madre seguía sin dar crédito a sus afirmaciones, la niña pensó en solucionar el problema en solitario e ideó un plan. Guardaría el juego de té en su caja como todas las noches, pero lo llevaría a su cuarto y lo escondería debajo de la cama. Y así lo hizo.
Esa noche tardó en dormirse y aunque lo logró, estuvo inquieta. A la madrugada despertó, buscó debajo de la cama. La caja no estaba. No quiso despertar a su madre, quería descubrir el misterio ella sola, sentía que estaba lista.
El corazón le latía con fuerza. La puerta del sótano estaba cerrada, se paró frente a ella, suspiró, la abrió y comenzó a bajar lentamente. Sus propios latidos la aturdían. Una luz tenue alumbraba apenas el sitio y…
–¡ Nooooo! — fue el grito agudo que interrumpió el silencio de la casa dormida. María Emilia acababa de resolver la incógnita que la perturbaba.
— Hola Emi – dijo Lucía –, aquí estamos con tu mami compartiendo el té, como todas las noches. ¿Quieres uno?
Comentarios (5):
M.L.Plaza
17/11/2018 a las 21:37
Hola Carmen,
creo que hay algo en la historia que no he entendido: que al final la madre esté con Lucía en el sótano, me parece cruel para la hija. Lucía es un invento de la hija ¿la madre puede leerle la mente?, ¿Por qué insiste en ocultarle la verdad?
Me ha parecido una historia muy interesante pero que tiene cabos sueltos.
Aún así, ha sido un placer leerla.
Saludos
miguel_madriles
18/11/2018 a las 18:33
Hola Carmen. Entiendo que la madre no quiere desvelar a su hija que ambas tienen un don especial, y por eso le hace negar y dejar de hablar del juego de té, que parece vivo. Pero al final la hija les descubre… Esto merece una continuación…Enhorabuena.
Galia
19/11/2018 a las 22:04
Hola Carmen: presentas muy bien las dos fantasías, la de la amiga invisible, muy común en las niñas y el relato fantástico en esa madre tomando el té con la amiga invisible. Me ha gustado tu relato.
Nos seguimos leyendo.
Saludos.
Galia
Esmeralda
25/11/2018 a las 01:08
Hola Carmen!
Un cuento de fantasías que viven ambas, madre e hija.
Difícil lidiar con este secreto, sobretodo para la niña.
Te deja pensando esta historia y el final abierto.
Me resultó entretenida e interesante.
Saludos
Esmeralda
Josè maría
07/12/2018 a las 17:07
Hola Carmen. un placer leerte pero corrígeme si me equivoco,es una historia de fantasma, no existe ninguna amiga invisible y la madre tiene la misma capacidad que Maria Emilia para ver el fantasma de Lucia.Por lo menos así lo veo yo,felices fiestas y espero volver a leerte en Enero. Mi relato es el 65, primero que escribo en un taller de escritura y publico