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Experimento - por Pepelu Martín
Lo habíamos intentado primero en el laboratorio de la Facultad de Medicina y casi tuvimos fortuna, pues Pablo se presentó como voluntario y ofrecía los parámetros adecuados para proceder con el experimento. Una vez que iniciamos los preparativos, nos dimos cuenta que la cicatrización requería un tiempo de espera importante para dar el siguiente paso, de tal manera aquella primera intención de intervenir no nos satisfacía a ninguno de nosotros y menos al protagonista, nuestro colega Pablo. Como al día siguiente empezaba un largo fin de semana de Noviembre, se me ocurrió pedir la llave a mi padre de la cabaña de madera que disfrutamos en verano, una casita solitaria toda hecha de madera oscurecida por el tiempo en un camino perdido no muy lejos del embalse Valmayor y rodeada de cipreses centenarios. Llegamos a la caída de la tarde, cuando las luces lejanas ya parpadeaban y se hacía necesario encender los faros del coche creando con su haz de luz, sombras mecidas por un viento frío y desapacible. Conducía yo, Pablo a mi lado y los otros dos en el asiento de atrás con leve equipaje, así como el transporte del órgano craneal y el plasma del cadáver facilitado por el forense debidamente envasado al vacío y llevado en una pequeña nevera portátil.
Abrí y la puerta de madera crujió alarmantemente, pulsamos el automático de la corriente eléctrica, observamos la cocina, dos dormitorios y el baño en la planta baja y sin pérdida de tiempo, nos vestimos con las batas blancas preceptivas, preparamos el instrumental quirúrgico, la camilla que bajamos con cuidado al sótano, hicimos algo de limpieza en ese siniestro espacio que disponía de buena luz y descolgamos ciertas herramientas que colgaban sucias y destartaladas de la pared, un hacha, una olla de cobre, serrucho y otros objetos viejos que arrinconamos junto al congelador de gran tamaño que emitió un chirrido sospechoso al ponerlo en marcha y donde depositamos la nevera.
Mientras la caldera calentaba el agua, nos sentamos repasando el orden de la intervención y expectantes, encendimos un cigarrillo hablando con Pablo que mantenía una valiente serenidad, tal vez debido a los tragos de whisky que había tomado en el trayecto. Nosotros también exteriorizamos una cierta ansiedad, motivada por nuestra falta de experiencia en estas operaciones, pero alguno de nosotros, fingiendo autoridad dijo… Para todo, siempre hay una primera vez.
Examinamos los medicamentos para controlarlos adecuadamente y acertar en la implantación. La anestésica, antibiótico, bisturí, jeringuilla, agujas, gasas, hilo, etc.
— ¡Animo Pablo!
—Ha llegado el momento —dije solemnemente.
El viento mecía los cipreses que parecían susurrar, proyectando sombras como de película de terror a través del ventanuco del sótano a la vez que las contraventanas de madera vieja producían ruidos estridentes.
—Que miedo —murmuró Pablo.
Nos lavamos las manos menos Pablo que se lavaba cuidadosamente la cabeza, como habíamos acordado.
—Adelante Pablo, sin miedo —le dije.
—Lo hemos ensayado muchas veces.
Pablo tumbado en la camilla por debajo del plafón luminoso, me cogió la mano algo temblorosa y cerró los ojos.
Le pusimos una sábana blanca tapándole todo el cuerpo a excepción de la cabeza, una almohada cubierta de plexiglás y un cubo de aluminio en el suelo en la vertical de su almohada.
— ¡Atentos!… Y en el orden previsto, iniciamos el atrevido experimento; Primero el escalpelo, para la incisión subcutánea en el cráneo y después…
Transcurrieron cuatro horas. Estábamos cansados y serios, nos quitamos las batas manchadas de sangre y comprobamos en detalle la estabilidad de las pulsaciones de Pablo que dormía profundamente y a continuación subimos a la cocina. Callados sin ganas de hablar, cabizbajos abrimos unas cervezas y poco después, nos quedamos dormidos sin apenas darnos cuenta, no sé si por los efluvios del cloroformo o tal vez por las cervezas.
A las tres de la madrugada, oímos un grito aterrador que venía del sótano. Era Pablo que como un sonámbulo pretendía quitarse el vendaje de la cabeza dañando los puntos de sutura. Bajamos corriendo y observamos atónitos nuestro trabajo de cirugía.
— ¡Dios mío! —No era precisamente lo más ortodoxo, quedaba algo irregular, algunos podrían llegar a pensar que era una chapuza, pero qué coño, le habíamos arreglado la calvicie a Pablo con un nuevo cuero cabelludo y ahora sí que tenía pelo y de color castaño como era su gusto. Una alopecia cicatricial no se repara fácilmente y menos en un día y además gratis.
—Habrá que mejorar la próxima vez —dijimos todos.
—Si los Sioux levantaran la cabeza —Pensé.
Comentarios (9):
Nani
18/11/2018 a las 10:44
Jajajaja. Muy buen final. Felicidades.
Besicos muchos.
Ofelia Gómez
19/11/2018 a las 03:05
Hola Pepelu
Me ha gustado mucho tu historia. No podía dejar de leerte al mismo tiempo que imaginaba quién sabe qué experimento terriblemente escabroso que sufriría Pablo y acabaría con su vida.
Muy buena la reflexión del renglón final.
Te sugiero que dividas los párrafos largos en varios más cortos para hacer más ágil la lectura.
Muy buen relato. Saludos
el chaval
20/11/2018 a las 19:10
Hola Pepelu Martín.Da la impresión en tu relato como si no fueras ajeno a tener delante una camilla con una persona encima y disponer de todo lo necesario, desde hacer experimentos a curar algo.. En este caso, pobre Pablo, pero cuanta confianza en sus compañeros dejándose llevar.
Bueno chico, buen relato aunque se aparta un poco de una historia de amor. De todas formas Pablo demuestra tener amor en este caso.
Gracias por pasarte por mi relato, que a lo mejor te suena Palamós y Sant Antoni de Calonge.
Buena salida y mejor entrada .Nos leemos en enero.
marazul
20/11/2018 a las 22:46
Hola Pepelu:
La ambientación es tan terrorífica que agradezco poder relajarme al final con una carcajada. Eso está muy logrado y atrapa al lector.
En cuanto a la parte técnica creo que se puede mejorar, pero eso lo acabarás haciendo con un poco de
atención. Por ejemplo, hay algunas frases muy largas. No hace falta que las unas por la conjunción “y”. Puedes poner un punto y seguido, o un punto y coma.
Por lo demás te felicito
Un saludo
Otilia
21/11/2018 a las 09:46
Hola Pepelu Martín:
Gracias por tu amable comentario.
Tu historia me ha enganchado desde el principio esperando algo horripilante. Así que el final me ha arrancado una carcajada.
En cuanto a lo mejorable, ya dices que la cabaña es de madera luego no hace falta repetir “toda hecha de madera”. Y la expresión ¡Qué miedo! la escribiría así.
Buen trabajo. Saludos.
Pepelu Martín
21/11/2018 a las 11:47
Gracias Marazul, Otilia, El Chaval. Me gustan vuestra correcciones para ir mejorando en la medida de lo posible. Estaré atento a vuestros futuros relatos que tal vez, creo de verdad, que en algún momento podéis pasar a novela corta… Hay calidad para intentarlo, sino lo habéis hecho ya.
Un cordial saludo y hasta el año que viene
Josè maría
25/11/2018 a las 16:20
Hola Pepelu, buen relato y al final te quedas con todos; lo de la historia de amor, te falto .Felices fiestas y nos leemos, el mio es el 65, mi primer relato en el taller y publico.
Minnie
27/11/2018 a las 12:38
Hola, muy bien narrada la historia, me enganchó desde el comienzo, me fue llevando el suspenso y no podía parar de leer, no me esperé ese final, pero me gustó.
Gracias por comentar mi relato, nos leemos.
Saludos
Minnie
Isabel Caballero
01/12/2018 a las 10:07
Hola Pepelu. Me ha gustado especialmente el lenguaje técnico, frío, asertivo, enumerando hechos, y material de “trabajo”. El final abrupto no me lo esperaba para nada, es imposible de predecir, pues has empleado un lenguaje correcto y profesional que no deja ni una rendija de sospecha.
Quizás en el primer bloque de frases pondría algún punto y aparte y acortar algo alguna frase tan larga que cuesta respirar 🙂
Nada más Pepelu, que está muy bien escrito y que tienes dominio de del ritmo y de la tensión.
Enhorabuena compañero.