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Poeta - por José TapiaR.
Corría el año 1.990 cuando conocí al poeta que me salvó la vida, la primera vez que lo miré, descansaba sobre una hamaca raída y sucia. Dormía después de una larga caminata que habíamos llevado a cabo para ocultarnos del avión fantasma que dejaba caer sus bombas cada tanto.
Abrió los ojos despacio, lentamente, como quien no quiere volver del mundo de los sueños. Nos miramos y me encontré con sus pupilas cándidas, casi escondidas entre sus párpados; arrugó su frente espaciosa y sacudió su cabello cano, que caía sobre una barba blanca, larga.
No pudo ocultar su asombro al verme tan chico, llevando terciado un fusil AR-15. Como secuestrado, entendió que su seguridad a partir de ese momento dependía de un guerrillero muy joven.
El ocaso llegó oscureciendo la selva y liberando su sinfonía silvestre con los graznidos de las aves y el aullar de los monos.
De repente escuché la voz ronca del poeta, con un acento español inconfundible, armoniosa y con buen volumen; sus palabras sonaban claras rítmicas, con una cadencia casi musical. Indudablemente declamaba sus poemas de magistral hermosura, a veces parecía entrar en trance, entonces su voz mutaba hasta casi convertirse en un susurro, poco a poco iba in crescendo llegando a transformarse en un discurso sobre temas profundos. Le recitaba al amor, a la vida, a la esperanza, a la melancolía, a la angustia, a la soledad.
Una noche ya tarde, cuando la mayoría dormía y arriesgándome a que me descubriesen, me acerqué para preguntar su nombre.
-Antonio Cipriano José María Machado Ruiz-. me dijo. Para mí no significaba nada, pero me pareció un nombre muy largo, le indagué sobre su profesión y me contestó: -simplemente un hombre bueno que usa la palabra esencial en el tiempo-.
Esa noche la luna iluminaba más que nunca, su pálida luz nos ofrecía una oportunidad para huir; así que convencí al viejo poeta para abandonar el campamento aprovechando que la mayoría dormía, Le desaté las manos y salimos con cautela, le sugerí que tomara algo de ropa pero descartó esta posibilidad, me dio a entender que entre menos cosas llevásemos más pronto llegaríamos a nuestro destino.
Marché rápido a pesar del fusil, nos alejamos lo suficiente ajustando el paso hasta que escuchamos la corriente del río, allí abajo divisamos sus aguas de un color metálico que reflejaban una luna temblorosa.
Rápidamente extrajimos cuatro recipientes plásticos que yo había escondido con anterioridad, los amarramos debidamente creando un enmallado para sostenernos, le expliqué cómo usar los remos improvisados y lo acomodé sobre la malla. Cuando me disponía a subir, sonó un disparo de fusil y un dolor punzante me paralizó el brazo izquierdo. Evidentemente uno de los guardias nos había seguido. Después sentí otro disparo y un golpe seco en el pecho. Caí y desde el piso pude ver alejarse la artesanal balsa arrastrada por la corriente, en ella viajaba él, sereno, impasible. Lo vi levantar su mano para despedirse, después desapareció en la primera curva del río.
Cuando desperté, pude distinguir que me atendían varios enfermeros de guerra. Indagué sobre lo ocurrido, entonces una de las enfermeras me relato lo que había pasado: La herida en mi hombro izquierdo la recibí en un combate con el Ejército; solo ese impacto me hirió porque el otro disparo que debía darme en el corazón, rebotó en mi pecho. Si, la bala que debía matarme, no ingresó a mi cuerpo porque impactó en un libro que llevaba en uno de los bolsillos de la chamarra de guerra. Había permanecido inconsciente por dos días.
El libro todavía estaba en el bolsillo, la enfermera lo acercó; un gran hoyo ahumado acentuaba la cubierta roja con letras doradas sobre un arabesco del mismo color. En la parte superior, el título: "Páginas escogidas" y en la parte inferior: "Editorial Saturnino Calleja S.A. Madrid"
Leí la reseña del autor en la contraportada: “Antonio Machado, Sevilla 26 de Julio de 1875 – Colliure 22 de Febrero 1939”.
Entonces afloraron mis recuerdos, ese libro había llegado a mis manos como un regalo de una estudiante que alguna vez nos visitó en la selva y de inmediato me conecté con su poesía. El día del ataque literalmente lo había devorado, adentrándome en la hermosura de sus poemas; después lo introduje en mi bolsillo y no recuerdo más. No conté a nadie sobre mi sueño, solo yo entendía quién había escrito los poemas que me salvaron la vida.
Comentarios (6):
Dante Tenet
16/12/2016 a las 23:15
Buenísimo
Encantadora historia con ritmo y desarrollo
Nos seguimos leyendo
Estoy en el 131
Thelma López Lara
19/12/2016 a las 23:17
Hola, José Tapia.
¡Qué hermosura de relato nos has regalado! Muchas gracias.
Sólo una pequeña observación, la primera fecha en el relato le escribiste el punto de separación.
https://www.literautas.com/es/blog/post-10312/como-se-escriben-los-numeros-en-un-texto-literario/
Gracias por leer mi relato y por tus lindas palabras.
Felices fiestas.
SBMontero
19/12/2016 a las 23:56
Es muy bueno. No digo que yo no lo escribiera de otra forma, pero conste me ha gustado.
Sigue escribiendo.
Un saludo.
Jo Vans
20/12/2016 a las 05:02
Buen desenlace, se leyó ágil.
No me esperaba ese final, me gustó mucho la última frase.
Saludos
Lorena Cerdá Valenzuela
20/12/2016 a las 17:48
Me encanta, José. No esperaba ese final, y tiene un gran ritmo. ¡Un saludo, y sigue escribiendo!
ortzaize
21/12/2016 a las 07:34
hola un relato muy interesante, como lectora no he perdido ripio, asi que los corregidores que valoren tu relato, a mi me ha gustado.
saludos y feliz navidad