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El último beso - por Alejandro Moreno

Web: http://loszusammen.wordpress.com/

Cada mañana desde hace más de seis años, entre las siete y cuarto y las siete y media, me acerco a la parada del autobús a esperar la llegada del veintiuno. Y cómo cada mañana, durante esos breves minutos de espera, observo y me entretengo con todo lo que me rodea: los edificios, las calles, los coches… la gente.
No recuerdo si ya los había visto con anterioridad, pero sí recuerdo cuándo fue la primera vez que me fijé en ellos, un lunes de mediados de mayo. Había empezado a llover y el temporal me había pillado a mitad de camino de la parada. Empapado, me refugié bajo el techo de metacrilato mientras esperaba ansioso la llegada del autobús.
En la acera de enfrente, una pareja que acababan de salir de un portal llamó mi atención. Él, viendo que llovía, entró de nuevo y la mujer se quedó esperando en el portal. Al cabo de pocos minutos volvió el hombre con dos paraguas, le dio uno a la mujer, se besaron y se marcharon cada uno en una dirección.
Los volví a ver otra vez esa misma semana, esta vez desde dentro del autobús. Me senté en un asiento trasero al lado de la ventana y mientras el resto de los pasajeros seguía subiendo, mi mirada se perdió a través del cristal, clavándose en aquel mismo portal. Esta vez fue él quien salió en primer lugar, permaneció de pie un momento y tras mirar la hora en su reloj de pulsera tocó uno de los timbres. Al cabo de unos segundos apareció ella, él le dijo algo señalando su reloj a lo que ella respondió dándole un beso en los labios. Acto seguido cada cuál siguió su camino y el autobús reanudó la marcha.
Con frecuencia los veía aparecer por aquel portal, unas veces juntos, otras, separados, pero siempre se esperaban el uno al otro. Y justo antes de tomar sus respectivos caminos, se despedían con un beso.
Eran una pareja de mediana edad. Él, moreno, con una poblada barba, vestía siempre muy elegante, independientemente de la época del año. Ella solía llevar el pelo suelto, media melena, pero iba variando el color. Sí él vestía con elegancia, lo de ella era incluso más destacado. Debían de ser de clase alta, no sólo por las ropas o complementos que lucían, sino también por sus gestos y las formas al andar. Esas cosas se notan, incluso a distancia.
Me gustaba observarles y visualizar mentalmente cómo serían sus vidas. Un matrimonio que llevaba muchos años juntos, sin hijos, pero que se querían como el primer día. Él sería dueño de alguna empresa y ella empleada en alguna boutique de alto standing. Durante el verano me los imaginaba en algún chalet de la costa andaluza o en una casa a pie de cala de una isla mediterránea.
Semana tras semana, mes tras mes, año tras año, allí estaban con regularidad, ofreciéndome aquella escena que bien podría haber sido inmortalizada por cualquier fotógrafo anónimo y vendida en cada una de las tiendas de recuerdos de la ciudad.
Y así fue hasta hace tres semanas, concretamente el martes, cuándo los vi despedirse por última vez. Él llevaba un traje gris y ella un vestido de color salmón debajo de su abrigo negro. Salieron a la calle, él le entregó una bolsa de papel, ella le arregló el nudo de la corbata y cada uno tomó su camino. No hubo beso.
Aquello me pilló desprevenido y durante todo el día estuve dándole vueltas a lo ocurrido, esperando que llegara el miércoles para ver qué sucedía. Sin embargo, no pasó nada. Durante los siguientes días no apareció ninguno de los dos. La siguiente semana llegué a la parada media hora antes y esperé hasta el autobús de después del que solía coger, pero sin éxito. Un día al volver de la oficina me presenté en el portal, pero los timbres no tenían nombres, sólo números y letras.
Se habían esfumado, no había rastro de ellos.
Hasta esta mañana.
A las siete y veinticuatro se ha abierto el portal y ha aparecido ella, sola. Se ha detenido un momento al poner el pie en la acera, ha mirado a ambos lados y durante unos segundos su mirada se ha perdido en el cielo. Luego ha echado a andar como siempre había hecho en los últimos años. Y yo me he quedado allí, de pie, esperando ese último beso.

Comentarios (5):

Guiomar de zahara

19/01/2016 a las 16:43

Hola Alejandro:
Tu historia es bonita, yo diría “extrañamente” bella. Me gustan los finales abiertos. Si hubieras descrito a la mujer toda enlutada, el final sería concluyente.
He leído tu relato de principio a fin sin respiro.
Salvo algún verbo que cambias de tiempo – de presente a pasado – y alguna coma que falta, no hay nada relevante. Me gusta como describes.
¡Enhorabuena!

M T Andrade

20/01/2016 a las 20:20

Estimado Alejandro
El cuento está muy bien narrado, es claro y coherente.
Me agrada la imagen que se forma el narrador a partir de una observación casi puntual de los integrantes de la pareja.
Si bien es claro el acontecimiento del martes y la espera del narrador hasta el miércoles, a primera lectura no lo parece tanto. Sugeriría algo más simple, como esperar a la mañana siguiente.
La ambientación es adecuada
Me ha gustado el cuento y como has hecho intervenir al narrador. Felicitaciones

Dianet

22/01/2016 a las 09:57

Hola Alejandro Moreno

Romántico y muy bonito tu relato. Esta muy bien narrado, felicidades.

Vodnik

23/01/2016 a las 17:01

Me he sentido identificada con el papel del narrador en esta historia.

Me hubiera gustado que desarollaras qué es lo que pasó para que no hubiera ese último beso. Me he quedado con ganas de saber más.

Pienso que has hecho un muy buen trabajo. Enhorabuena

Oda a la cebolla

24/01/2016 a las 14:14

¡Hola, Alejandro! Me gustó mucho tu relato. Es romántico y escrito a modo periodístico, como si el narrador también pudiera pertenecer a la “prensa rosa”. Buenas descripciones en todo momento, tanto de lo que se ve directamente como de las hipótesis que el narrador va teniendo en su cabeza sobre el trabajo y la clase social de la pareja. Final algo abierto, que resulta acertado. Felicidades y ¡buenas tardes! Seguimos leyéndonos.

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