Literautas - Tu escuela de escritura

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Colores sin mí - por Rafi

El primer lunes, hace de esto nueve semanas, recuerdo que se puso a llover poco antes de salir de casa. Los seis minutos que me separan de la estación de metro, fueron suficientes para lamentarme de la grisalla informe que impedía ver el cielo. Recordé lo lejos que está mi tierra. Allí las nubes, cuando las hay, son siempre blancas y rechonchas, como en los cuentos. En el vagón, aproveché el trayecto de apenas tres estaciones para ojear las notas sobre la clase que debía impartir ese día: Poesía y Simbolismo. ¡Cómo me hubiera gustado ser escritora! —pensé de nuevo—, sin embargo llevo once años enseñando literatura a jóvenes que, en su gran mayoría, andan con otras cosas en la cabeza.
Cuando llegué al instituto, abrí mi taquilla y me encontré con un sobre que contenía una hoja pequeña, con una sola frase escrita en letra de imprenta: “El verde no resalta tus ojos”. ¿Qué significaba aquello? ¿Quién la había dejado allí? Me vino a la memoria aquel novio de juventud que me escribía poemas de amor. ¡Uf!, hace de eso un siglo. Tengo que confesar que la idea de un amante anónimo se me subió a la cabeza. Superada la turbación, deduje que quien quiera que fuese podía referirse al fular verde que llevaba la semana anterior. Luego, me dije que quizá se tratara del típico alumno abobado por una cuarentona, y me sentí incómoda. Sin embargo, no pude detectar nada extraño en clase.
Una vez en mi casa, sin pensar lo que hacía, cogí el fular del perchero y lo guardé en un cajón de la cómoda.
El episodio volvió a repetirse el lunes siguiente. “Da igual que te pintes los labios, para mí siempre están rojos”, decía la misiva. Me quedé inmóvil allí, hasta que oí a mis espaldas:
—Rebeca, ¿pasa algo? —dijo Rosa, la directora, al verme paralizada con el sobre en una mano y la carta en la otra— ¿Malas noticias?
—No, no…, al contrario —contesté mintiendo; o quizá no tanto.
Durante el almuerzo, mis sospechas apuntaron a mis compañeros, aunque tampoco obtuve ninguna pista en la sala de profesores. Bueno, me dije, nada cuesta dar gusto al desconocido, así que no me pintaré los labios, decidí.
Al empezar la tercera semana me desperté conjeturando si me encontraría otra carta. Efectivamente, así fue. De nuevo, una frase aconsejándome prescindir del azul ya que no favorecía a mi piel. Pensé que alguien se burlaba de mí, pero el suceso se repitió durante cinco semanas más. Cada vez un color diferente, y yo siempre hacía caso a las sugerencias. Se me estaba volviendo difícil encontrar algo apropiado que ponerme, y aunque mi desazón iba en aumento, continué con el juego sin hablar con nadie del asunto. Dejé de indagar entre mis conocidos. ¡Tenía un enamorado misterioso! Conforme pasaban los días —ya sé que parece infantil— albergué la esperanza de que mis gestos lo incitarán a mostrarse. Sabía que no era la manera ideal de que dos personas se encontraran, pero hacía tiempo que las vías habituales las había dado por cerradas.
Sin embargo, el noveno lunes, al abrir mi taquilla, me encontré con que el sobre estaba vacío. Sentí de golpe un ahogo. ¿Por qué el sobre y no la carta? ¿Qué es lo que no le había gustado? Con rubor, miré a derecha e izquierda con la sospecha de sentirme observada. Tuve el presentimiento que a la semana siguiente no encontraría nada. Con movimientos muy lentos, cogí el sobre, lo hice trizas y lo deje en la taquilla junto con mi bolso y mi cartera. Tendría que haber ido a clase, pero mis pies me llevaron hasta la salida del instituto. Me sentía desnuda mientras recorría el pasillo con los brazos cruzados sobre el pecho, medio agachado el cuerpo, las piernas flexionadas hacia adentro, abatida, y sin atreverme a mirar a nadie a los ojos. Al salir a la calle empecé a levantar la cabeza, no sin esfuerzo. Luego mi paso fue cada vez más apresurado, hasta que terminé corriendo. Cuando quise darme cuenta me encontré sin aliento delante de la puerta de mi casa, pero no tenía las llaves, así que salté por encima de la valla trasera y entré por la puerta del sótano. Subí sudorosa las escaleras y me eché en la cama llorando. Cuando me hube calmado, me senté en la mesa de mi despacho y me puse a escribir la historia que les relato.

Comentarios (3):

Aner

31/10/2015 a las 01:01

Hola Rafi,
Me has dejado en ascuas con tu historia. He estado esperando el increíble giro que cerraba un relato estupendo hasta la última palabra, y no ha llegado. Y si ha llegado, se me ha escapado. La narración es rítmica, ordenada y bella; con lenguaje extenso y una forma de contar clara y hábil. La expectación va en aumento desde el segundo párrafo (tal vez en el primero hay algo de información no demasiado relevante, aunque sirve bien de ambientación) y me ha enganchado por completo, pero el desenlace… Es casi como si no hubiese habido desenlace. E insisto: si lo ha habido, no lo he entendido. Genial narrativa.
Saludos,

Wiccan

24/11/2015 a las 19:55

Buenas,
Me ha pasado lo mismo, queda un poco en el aire el final, pero el relato está muy bien, muy fluido, no se hace nada difícil meterse en la piel de la protagonista. Quizás, lo que me transmite el texto, que es lo que puede que quisieras expresar, es lo fácilmente que las personas cedemos a nuestra vanidad y permitimos que esta nos controle, porque en cierto modo al final el tema del sobre parece más de un acosador, aunque dadas las ilusiones de la protagonista no se vea así. Buen relato.

Rafi

30/11/2015 a las 12:29

Gracias Aner y Wiccan por vuestras palabras.

Sí que tenéis toda la razón con respecto al final. Sé que no queda muy claro que ella quiere ser ahora escritora, lo que había soñado. Tendría que haber dado más pistas al respecto durante el desarrollo.

Os agradezco vuestros comentarios,de veras, y perdonad el retraso en contestar pero es que hace un tiempo que no vengo por aquí 🙂

Saludos,

Rafi

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