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Números delatores - por Marian Arteaga
Números delatores
Óscar repasó de manera obsesiva los cuadritos negros que, formando damero, había dibujado remarcando la zona de cerrado del sobre.
Oyó el timbre de alguien pidiendo acceso a la oficina bancaria y vio al director de la sucursal. Guardó el sobre en el cajón inferior de su escritorio bajo una torre de carpetas.
—Buenos días, Federico —saludó.
—Buenos días, Óscar. Buenos días, Mariluz —contestó, saludando también a la interventora, que respondió con un gesto de la mano mientras seguía con la conversación telefónica.
—Buenos días, ¿qué desea? —preguntó Óscar al cliente que había entrado detrás del director—. Realizó el reintegro que éste le pedía, rascándose de manera un tanto compulsiva las espinillas que conferían a su cara un aspecto pustulento. Sabía que no debía hacerlo, pero seguía haciéndolo o mordiéndose las uñas ya inexistentes. Oyó de fondo el “Hasta luego. Gracias” del cliente que se iba, entremezclado con lo que reverberaba en su mente “Ya no hay más demoras, su desahucio se va a ejecutar”.
No podía dejar de torturarse. Nuria, su mujer, pondría el grito en el cielo. Y es que se merecía dos hostias bien dadas o veinte mejor, por irresponsable, por inmaduro, por incontrolado. ¿Dónde irían con sus dos niños pequeños?, ¡qué insensato!, ¿qué dirían sus suegros? Se mesó el cabello ya grasiento de tanto tocárselo. Sacó de nuevo el sobre guardado en el fondo del cajón y extrajo su contenido, un folio con membrete del banco en el que ordenadamente, en fila y precedidos por guiones aparecían grupos de números manuscritos en tinta negra:
– 3521
– 4789
– 5247
– 5640
– 6392
– 8473
– 14394
Repasó algún número en un intento de mayor legibilidad y volvió a meterlo en el sobre. Cerró la solapa y sombreó más algún cuadrito del dibujo que reseguía su vértice mientras con la mano izquierda estalló otro grano en su barbilla.
—Buenos días —saludó la anciana buscando con manos artríticas en el bolso hasta encontrar una pequeña bolsa de plástico—. ¡Qué frío tan de repente! A ver, hijo, que quiero meter este dinero en la cuenta, pero no en la de siempre, en la otra.
—Sí, señora Leonor, en el fondo de ahorro. No se preocupe que yo se lo hago. ¡Pero bueno, cincuenta mil euros! ¿Ha robado un banco?
—Ay, hijo, unas olivitas que he vendido, como ya no está mi Julian y mis hijos no van al pueblo, están allí abandonadas. Mejor venderlas.
—Claro. Ha hecho usted bien. Fírmeme aquí y ya lo tiene ingresado.
—Gracias. Adiós hijo.
Se quedó mirando el comprobante de ingreso y la firma en el recuadro. Una firma con letra torpe, “Leonor Sierra”, envuelta por una sencilla elipse. “Podría ir al casino y solucionar lo del desahucio. Seguro que esta vez tengo suerte”.
——————————–
—Óscar, pase a mi despacho, por favor—llamó el director de la sucursal retirándose un poco de la puerta para cederle el paso. Y añadió mientras pasaba tras su escritorio y señalaba a la persona que estaba sentada en una de las sillas del otro lado—. El señor Araujo, de la central de Madrid. Siéntese por favor.
Le extrañó, aunque más bien podría decir que le inquietó, que Federico, con el que se tuteaba siempre pues era joven como él, hubiera utilizado un tono tan formal. De pronto vio el sobre con su apertura remarcada con la orla de cuadros blancos y negros sobre la mesa, abierto, y su corazón latió acelerado. Su sobresalto aumentó al percatarse que el sobre estaba vacío.
—Díganos qué significa esto, señor Rodríguez —el tono del representante de la central era seco mientras ponía ante sus ojos el folio con el listado de cifras escrito por él.
—No tengo ni idea, señor —balbuceó.
—Esto parece que contradice esa afirmación suya —cortó tirando ante él un documento de un grosor considerable que en su portada rezaba “Informe pericial caligráfico”.
Ojeó convulso, temblándole las manos. Allí había imágenes comparando los números de ese folio con los de los arqueos de caja que realizaba y firmaba al cerrar el día. Y al final una conclusión “Por todo lo que antecede los números del Documento Dubitado pertenecen a la misma mano que los de los Documentos Indubitados y por tanto corresponden a don Óscar Rodríguez Luengo”.
No hace falta decirle lo que usted bien sabe, que esas cifras coinciden con las cantidades desfalcadas en esta entidad. Está usted denunciado y, por supuesto, despedido.
Se levantó temblando.
Su mundo se hundía.
Ccomentarios (1):
Tim Galano
04/11/2015 a las 11:08
Hola Marian,
No recuerdo haberte leído por aquí, yo también llevo poco tiempo.
El relato me ha gustado, aunque eché en falta algún giro que sorprendiera, la construcción de la historia y la personalidad del personaje están muy conseguidas.
Buen relato!
Nos leemos!