Esta semana me he encontrado con un vídeo —que comparto al final del boletín— en el que Elvira Lindo nos cuenta que, para ella, la escritura sigue siendo el mismo juego al que jugaba de niña. El vídeo me tocó de cerca porque me sentí identificada, aunque con algunos matices.
Esa también era mi razón original, pero yo no lo sabía. O quizá lo había olvidado. Simplemente escribía y me lo pasaba bien, al menos hasta que publiqué mi segunda novela. Entonces empezaron los problemas. Las interferencias. Expectativas, miedos, inseguridades, frustraciones, heridas… Escribir dejó de ser divertido hasta tal punto que llegué a preguntarme si quería seguir haciéndolo. ¿Merecía realmente la pena?
Por suerte, después de mucho trabajo y terapia, conseguí apartar todo ese ruido y volver al origen. Las preguntas eran sencillas: ¿qué había debajo de todas esas capas? ¿Cuál era la razón más profunda por la que quería escribir?
La respuesta también era sencilla: pasármelo bien. Disfrutar. Porque una parte de mí quería seguir siendo aquella niña de ocho años a la que le encantaba imaginar historias y ponerlas sobre el papel. Que ponía voces a los personajes e interpretaba las escenas como si le fuera la vida en ello.
Con el tiempo, he conseguido recuperar esa ilusión y ahora esa niña funciona para mí como una especie de faro al que regreso cuando me pierdo por el camino. Porque escribir, a pesar de todas las dificultades, continúa siendo algo que disfruto y a lo que no quiero renunciar.
Y tú, ¿lo has pensado alguna vez? Si apartas todo ese ruido de fondo, ¿sabes de verdad por qué escribes?
«Si puedes hacerlo por placer, puedes hacerlo para siempre». Stephen King