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La bondad de los extraños - por Alejandro Gamero

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‒Quienquiera que sea… siempre he confiado en la bondad de los extraños ‒susurra muy bajo y muy despacio una Jessica Tandy con ojos de Blanche DuBois grandes como platos, dos pozos profundos y abiertos de melancolía.
Toma del brazo a su falso galán y cruza esa maldita antesala de la perdición, donde unas pocas almas condenadas malviven engañando sus miserias mientras juegan al póquer. Antes de salir al aire limpio y fresco de la calle le queda una última mirada de su malograda Stella. Nadie parece haber notado «La Varsoviana» que comienza a sonar in crescendo. Quizá solo Blanche.
‒¡Blanche! ¡Blanche! ¡Blanche! ‒solloza a intervalos irregulares, mendigando una respuesta, la primera Stella Kowalski del mundo, Kim Hunter.
Pero Blanche pasa de largo sin mirarla siquiera. Baja la escalera de caracol y sigue su camino, flanqueada por su falso galán y su extraña mujer, y desaparece para siempre. Stella se queda rígida, como contrahecha de mármol. Un Stanley suplicante se acerca por la espalda.
‒Stella ‒Marlon Brando se rinde a la desesperación y rompe a llorar como presintiendo algo terrible‒. Vamos, querida. Vamos, amor mío… vamos, amor…
«La Varsoviana» impide escucharlos ya y un telón cae del cielo rompiendo el espejismo de la ficción. El público estalla al unísono en una ovación que hace temblar los cimientos del teatro. Brando los ha encandilado a todos. Esta primera representación de Un tranvía llamado deseo pasará con letras mayúsculas a la historia de Broadway.

Todos están demasiados pendientes de los actores, que ahora salen a escena para saludar, como para fijarse en que Arthur Miller ha dejado su butaca y se ha acercado a la de Tennessee Williams. Arthur le da la mano y le dice algo al oído. De otro modo no podría hacerse oír entre tanto griterío. Incluso aunque alguien se hubiera fijado en ellos, pensaría simplemente que los autores se están dando los parabienes. Pero la frase que Arthur le dice a Tennessee al oído es bien distinta.
‒Creo que podemos decir que mi deuda ya está pagada ‒sentencia Arthur, apretando con firmeza la mano de Tennessee.
‒Así lo creo, amigo, así lo creo ‒le responde lleno de júbilo. Y el brillo de los ojos denota que es su noche.
Nadie escuchará nunca estas palabras, y aunque lo hiciera, no podría entender su significado. Nadie, salvo Elia Kazan. Arthur vuelve a su butaca recordando la noche en que sellaron el trato, a principios de año. Estaban los tres en la casa que Tennessee tenía entre Providencetown y Truro. Elia se había encargado de hacer las presentaciones formales. Arthur estaba desolado porque su primera experiencia en Broadway había sido un desastre con solo cuatro representaciones. A Tennessee le había caído bien Arthur solo porque había fracasado con una obra titulada Un hombre con mucha suerte. Le encantaban esas ironías. Cuando Arthur le dijo a Tennessee que haría un último intento antes de abandonar la escritura, este se puso muy serio.
‒¿Sabes? A veces tengo intuiciones, y suelo equivocarme poco. Creo que si perseveras podrás convertirte en uno de los más grandes escritores de este siglo. Solo necesitas que alguien te eche una mano ‒Tennessee hizo una pausa dramática y después prosiguió con su discurso‒. Llevo algunos meses trabajando en una nueva obra. De momento le he puesto el título provisional de Todos eran mis hijos. La tengo casi acabada, y por supuesto que iba a dirigirla Elia. Pero se me ha ocurrido hacer algo distinto con ella. Voy a hacerte un préstamo. Te cedo mi obra si te comprometes a darme tú una obra maestra antes de que acabe el año.
Arthur estaba tan abrumado como Elia desconcertado. Pero el pacto quedó sellado con un apretón de manos y una copa de bourbon. Todos eran mis hijos, dirigida por Elia, pasaría oficialmente a manos de Arthur.

En su butaca Arthur aplaudía con fuerza por un éxito que sentía como suyo propio. Él había escrito Un tranvía llamado Deseo y se la había regalado a Tennessee como parte del trato que habían hecho. Aquella noche los tres juraron no revelar jamás el secreto de su juego teatral. Solo Arthur rompió una vez este juramento a lo largo de su vida. Los ojos de Marilyn eran tan cautivadores que para ella no podía tener secretos. Esta sería la única persona, aparte de Elia Kazan, que sabría que Tennessee Williams había salvado la carrera de Arthur Miller.