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Sombras en la pared - por ManuelTV
Web: http://elpostquefuejueves.wordpress.com
Hoy es 14 de febrero de 1945 y el frío dormita inclemente sobre el Teatro Estatal de Praga. Para la mayoría es un día más de miedo, hambre y desaliento. Ellos no lo saben, pero en un par de meses nuestros tiranos no ondearán la esvástica, sino que entre nosotros brotarán hoces y martillos, que con el anhelo de un mañana mejor nos igualarán a todos. Mi nombre es Franz Kopecky, dramaturgo y titiritero de profesión y en este día bajaré el telón para el Jefe de la Waffen-SS, Karl Hermann Frank, y lo haré con la violencia que ellos atesoran. Haré que mi secreto les condené al igual que ellos han condenado a mi pueblo.
Como muchas cosas en la vida, mi profesión no fue fruto de la elección, sino resultado de la imposición. Desde hace más de cien años mis antepasados han creado, manipulado y reparado marionetas, a veces por gusto pero casi siempre por una tradición que, por amena, no dejaba de ser ineludible. Pero si alguna ventaja tiene la rutina es que, aunque lentamente, es un camino a la excelencia. En el caso de mi familia la maestría en el arte de dramatizar con títeres se tornó en magia la primavera de 1908, durante nuestra gira transiberiana.
Durante una función improvisada para complacer a nuestros anfitriones tungus, el chamán del clan posó su mirada sobre mi, como quien extiende un manto para cubrir algo valioso. Por entonces yo sólo era un niño y entre mis obligaciones sólo estaba asistir a mi padre, que era el que creaba historias que aprisionaban la atención del público. Esa noche cumplió holgadamente su cometido y el pueblo nómada disfrutó de las leyendas de países cuyos nombres eran tan fantásticos como las historias que albergaban. Al acabar la función y mientras mi padre recogía al reparto de madera el chamán me apartó a un lado y con una voz que sólo podía oír en mi cabeza me dijo:
– Veo en ti la esencia que ilumina mi espíritu. Oigo en ti la sabiduría que reposa en mi pecho. Huelo en ti la magia que cubre mi piel. Está en mi mano prender ese poder y dejar que arda. Está en tu voluntad elegir si quieres que te consuma o te alimente. ¿Qué escoges joven titiritero?
– Quiero el poder de hacer que el mundo se mueva bajo mis manos. – Contesté por reflejo, inconsciente ante unas palabras que nunca deberían haber salido de la boca de un niño de nueve años.
– Así sea. – Sentenció el viejo brujo con intención inescrutable.
Esa noche jugué en secreto con las marionetas de mi familia y narré para un auditorio imaginario la historia de un castigo divino. Al finalizar la representación las tierras que nos rodeaban se habían convertido en un yermo de arboles postrados.
Desde entonces un eco misterioso, un reflejo maravilloso se da en mis funciones, a lomos de la fría magia que se me regaló en mi niñez. Si interpreto una obra de amor, éste nacerá entre el público, que al acabar la función tendrá más parejas que cuando empezó. Si la historia narra las aventuras de un mendigo que cambia su destino, así lo hará el de los más desfavorecidos que me rodean en el escenario. Como un latido mis historias reverberan en la vida de mi público, contagiando su naturaleza e infectando su realidad. Ese es mi secreto, más endeble ahora que lo he compartido con vosotros, pero en este día, el último de mi vida, renuncio a él, a sabiendas de que mi legado y quizás mis obras pervivirán así en vosotros.
Las puertas del Teatro Estatal se abren y entre grandes medidas de seguridad entra el hombre al que he condenado: Karl Hermann Frank. Se sienta en primera fila, confiando en que nada malo le puede pasar aquí, seguro de que nada ha de temer de una pequeña obra de títeres que sirve como aperitivo para la opera que le seguirá. Aun así, cuando las figuras de madera empiezan a moverse y la historia de un dragón vengador se abre paso sobre el pequeño escenario, el oficial Nazi empieza a notar que algo pende sobre su cabeza, como si unas hebras invisibles le uniesen con el teatrillo que está viendo. Y cuando el dragón de latón abrasa con su fuego purificador al muñeco del cruel villano, las bombas empiezan a caer sobre la ciudad. Y así arde Praga, el 14 de febrero de 1945.